—¿Pero quién os ha dado esta carta?
—La señora condesa de Lemos.
—La condesa de Lemos no es alta, ni blanca, ni... no, señor—murmuró Montiño.
—Ea, pues, quedad con Dios, señor Francisco—dijo la dueña—. No me hallo bien fuera de palacio; es ya tarde y está la noche tan obscura...
—¿Os han dicho que llevéis contestación?
—No, señor.
—Pues id con Dios, doña Verónica, id con Dios. Voy á mandar que os acompañen.
—No, no por cierto: vengo de tapadillo; adiós.
—Dios os guarde.
La dueña se envolvió completamente en su manto, y salió.