—Que me confundan si entiendo una palabra de esto—dijo Montiño—. ¿Si será verdad?... ¿si será la reina la que necesite en palacio á mi sobrino?... ¡pero señor!... ¿cómo conocen ya á mi sobrino en palacio?
Montiño tomó el partido de no devanarse más los sesos; para tomar este partido tomó también una resolución.
—Es preciso—dijo—que mi sobrino vaya á palacio con las cartas de la reina.
Y saliendo del aposento en que se encontraba, atravesó la repostería y se entró en el otro aposento donde estaba su sobrino.
CAPÍTULO VIII
DE CÓMO AL SEÑOR FRANCISCO LE PARECIÓ SU SOBRINO UN GIGANTE
Hacía ya tiempo que el joven había acabado de comer y hacía su digestión recostada la silla contra la pared, puestos los pies en el último travesaño del mueble, y entregado á un pensamiento profundo.
Al sentir los pasos del cocinero mayor, dejó la actitud en que se encontraba para tomar otra más decente.
—¿Habéis comido bien, sobrino?—dijo el cocinero.
—Es la primera vez que he comido, tío—contestó el joven.