—¿Os encontráis fuerte?
—Sí por cierto.
—¿De modo que embestiríais con cualquiera aventura?
Al oír la palabra aventura, Juan Montiño, que se había distraído por un momento de su idea fija, volvió á ella.
—¿Conocéis á la reina, tío?—le preguntó.
—¡Pues podía no conocerla!—dijo con sorpresa el señor Francisco.
—¿Es la reina alta?
—Sí.
—¿Es la reina gruesa?... es decir... ¿buena moza?
—Sí.