—Pues tío, yo quiero conocer á la reina.
—Yo creo que estás loco, sobrino... ¿qué preguntas son esas y qué empeño?
—Empeño... no por cierto... pero me ha hablado tanto de lo buena que es su majestad mi amigo don Francisco de Quevedo...
El cocinero mayor estaba alarmado.
—¿Conoces tú á la reina por ventura?—dijo.
—¡Yo! ¡no, señor! ni me importa conocerla; es muy natural que el que viene por primera vez á Madrid, después de comer y beber, pregunte si el rey es alto ó bajo, hermoso ó feo; lo mismo me ha acontecido á mí; sólo que en vez de preguntaros por el rey, os he preguntado por la reina. Nada más natural.
—Pues es muy extraño; tú me preguntas por su majestad, y yo acabo de recibir esta carta de manos de una dueña de palacio.
Tomó la carta Juan Montiño, la leyó, se puso pálido y se echó á temblar.
—¿Y de quién creéis que pueda ser esta carta?
—Carta que viene por la condesa de Lemos, debe haber pasado por las manos de la camarera mayor, que debe de haberla recibido de la reina.