—Y van dos, las dos principales y hermosas—dijo entre dientes el alcaide leyendo la orden.
Afortunadamente no le oyó doña Clara.
—No hay que oponer nada á esto—dijo el alcaide dando vueltas á la orden—; en pagando ese caballero ciertos derechos y el alquiler de los muebles...
—Bien, bien, pero llevadme á donde está—dijo doña Clara.
—¿Y quién le diré que le busca?
—Su esposa.
—¡Ah! perdonad, señora—dijo el carcelero quitándose su caperuza, que hasta entonces había tenido encasquetada—; como vuestro esposo es joven y gentilhombre, á estos tales señores suelen buscarlos...
—¿Pero hay algún inconveniente para que yo vea al momento á mi marido?
—Ninguno, señora. ¿Qué ha de haber? yo mismo voy á llevaros. Molinete, dame las llaves del encierro alto. Vamos, señora, vamos.
El alcaide se metió por una estrecha puerta y por una escalera obscura.