—Sí, sí; ve amiga mía—dijo la reina—; pero no te olvides de decir á doña Juana que la espero para volverme á mi cámara.

Doña Clara se arrojó á los pies de la reina, y la cubrió las manos de besos y lágrimas.

Luego se levantó y dió á correr, como una loca, hacia sus habitaciones.

—¡Libre! ¡libre, madre mía!—exclamó arrojándose en los brazos de la duquesa y riendo y llorando á un tiempo—¡libre! y ¡libre de todo cargo!

—¡Ah! ¡gracias á Dios!

—Y no podía eso ser de otro modo, porque Dios no podía querer mi desesperación; pero la reina os espera. Y voy por él. ¡Un manto! ¡una litera!—añadió dirigiéndose á una puerta—. Después, venid, madre mía; él estará ya aquí. ¡No oís! ¡dueñas! ¡lacayos!

—Adiós, hija mía, adiós—dijo la duquesa viendo que se acercaba gente, y salió.

—Pronto, doña Inés, mi manto; que pongan una litera al momento—repitió con impaciencia doña Clara.

Y cinco minutos después, dentro de una litera salía del alcázar la joven.

Como la torre de los Lujanes no estaba lejos, y los lacayos que llevaban la litera iban de prisa, muy pronto la litera paró á la puerta de la torre, salió de ella doña Clara, y presentó la orden de soltura al alcaide.