—Y entonces, ¿qué hay que temer?

—Nada.

—¡Nada! pues si no hay nada que temer, ¿por qué continúa preso?

—Tú eres valiente, Clara. Domínate, prepárate...

—¿Para qué?

—Tanto valor se necesita para soportar la desgracia, como para resistir la noticia inesperada de una dicha.

—¡Ah! ¡señora! tendré valor, le tengo.

—Pues bien: toma, Clara mía, toma, y ve tú misma á sacarle de su prisión.

Y la reina dió á doña Clara el auto de libertad.

La joven le leyó, se dominó, se puso pálida, y miró con una elocuente ansiedad á la reina.