Y apartándose de la duquesa dió á correr, loca, anhelante, atravesó algunas habitaciones, y en una cayó entre los brazos de la reina que la había salido al encuentro.
—Oye, Clara,—la dijo Margarita—; consuélate, enjuga tus lágrimas; te traigo buenas noticias.
—¿Dónde está, señora?
—En la torre de los Lujanes.
—¿Y puedo verle?
—Sí.
—¡Ah! señora, perdonad... pero... permítame vuestra majestad que vaya al momento... le he creído perdido... son esos hombres tan infames... y... ¡le amo tanto!
—Espera, espera... serénate, tranquilízate, Clara, amiga mía: no ves que yo me sonrío, que estoy contenta. ¿Cómo podía estarlo si te amenazase una desgracia?
—¡No corre peligro su vida!
—No, ni mucho menos...