La dueña salió como un relámpago.
Cuando doña Clara abrió las vidrieras y salió á la cámara, ya estaba en ella la duquesa de Gandía.
—¿Qué noticias me traéis, señora? exclamó anhelante la joven arrojándose al cuello de doña Juana de Velasco.
La duquesa miró en torno suyo, y al ver que habían quedado solas, exclamó llorando:
—¡Ah! no sé nada; ¡desdichado hijo mío!
—Me habíais hecho concebir una esperanza,—dijo con desaliento doña Clara.
—Su majestad está en la saleta azul,—dijo la duquesa enjugándose las lágrimas—; me ha enviado delante, para que apartéis de aquí las personas que pudieran verla. Su majestad os creía muy enferma.
—¡Ah! sí, del corazón, del alma... me estoy muriendo. Pero no estoy tan débil que no pueda ir á ver á su majestad. Vendrá á consolarme.
La reina viene alegre, impaciente.
—¡Oh! ¡Dios mío! exclamó doña Clara.