—La señora no duerme, que solloza—dijo doña María.
—Y acaso su excelencia la traiga una buena noticia, dijo doña Inés.
—Pues, avisémosla.
—Avisémosla.
—Id vos.
—No, vos.
—Cualquiera.
Y doña Inés se levantó, abrió las vidrieras, y de puntillas se acercó al lecho, y dijo casi al oído de su señora:
—La escelentísima señora camarera mayor de su majestad, quiere veros, señora.
—¡Oh! ¡que entre! ¡que entre al momento!—dijo doña Clara, apartándose de sobre la frente las pesadas bandas de sus negros cabellos; ¿por qué la habéis detenido?