—Y yo tengo que hablaros urgentemente de un platillo que he inventado yo y que quiero que hagáis—dijo con voz ronca el bufón.

—¡Ah! ¡habéis inventado un manjar!...—dijo el cocinero, que tenía graves motivos para no atreverse á desobedecer al bufón—. Pues esto es distinto. Vamos, tío Manolillo, y veamos vuestra invención.

Y salió con el tío Manolillo.

—¡Pobre señor Francisco!—dijo el oficial mayor—. Cada día me convenzo más de que está loco.

—Tiene los ojos que le echan fuego—dijo otro de los oficiales.

—Y se sonríe de una manera que mete miedo—observó otro.

—¡Pobre señor Francisco!—dijeron todos.

Entretanto el bufón había llevado al cocinero á su aposento y se había encerrado con él.

Puso los manjares que llevaba sobre una grasienta mesa y empezó á comer con ansia.

—Es necesario alimentarse para tener fuerzas—dijo—, y sobre todo cuando hay que obrar.