—Ahí veo formadas en batalla algunas botellas con telarañas; la masa, señor Francisco, no pasa bien sin vino; dadme una botella.

El cocinero dió al bufón una botella, que éste se puso debajo del brazo.

—Ahora, echadme aquí—dijo quitándose la caperuza—algunos pastelillos y confituras con que acabar mi almuerzo.

Montiño le llenó la caperuza.

—Muchas gracias, hermano—dijo el bufón.

—¿Y qué más queréis?—dijo con voz chillona, con impaciencia Montiño, viendo que el bufón con la botella bajo un brazo, la escudilla en una mano y la caperuza en otra, no se movía.

—Quiero que me acompañéis.

—Yo he almorzado ya.

—Que me acompañéis mientras almuerzo yo.

—No puedo; tengo que hacer un platillo de filetes de ternera sobreasados por mi propia mano...