—Está visto que yo aquí no hago absolutamente falta—repitió—. Todo esto está muy bien.
—Vuesa merced hace siempre falta en las cocinas—dijo Gómez—; hemos podido salir adelante dos días; pero si vuesa merced faltara un día más, no sabríamos cómo componernos. Así como así, faltan en estas dos listas algunos platos de que gusta sobremanera su majestad, y que son tan delicados, que sólo vuesa merced los sabe preparar.
—En efecto, y quiero hacer dos platillos de los míos reservados, para que el rey conozca que no me he muerto todavía. ¡Hola! Lamprea, hijo: prepárame unos filetes de ternera.
—Buenos días, ó más bien, buenos medios días, señor Francisco—dijo una voz áspera, en aquel punto, á las espaldas del cocinero, al mismo tiempo que una mano pesada se apoyaba en su hombro.
Volvióse de una manera nerviosa Montiño, y vió detrás al tío Manolillo que le presentaba una escudilla de madera.
Estremecióse el triste del cocinero.
El bufón le miraba de una manera terriblemente fija y con una expresión que era un misterio para el cocinero mayor.
—¿Qué queréis?—dijo Montiño con la voz temblorosa de miedo.
—Quiero que me deis algo bueno que almorzar, tengo mucha hambre y no puede esperar mi estómago á la mesa de mi hermano don Felipe; paréceme que esas empanadas que acaban de salir del horno, por lo que huelen, son de águilas; apropiadme una.
Montiño puso por sí mismo una hermosa empanada en la escudilla del bufón.