—Muchas gracias, señor Gómez—dijo Montiño.

—¿De qué, señor Francisco?—dijo el oficial mayor.

—Todo está en orden, todo limpio, todo á punto; parece que no he faltado yo de las cocinas.

—Vos nos tenéis acostumbrados á trabajar bien.

—Veamos qué vianda habéis preparado á su majestad.

—Aquí está la lista—dijo el oficial mayor dejando la cuchilla sobre un mantel, sacando un papel doblado del bolsillo de su mandil.

Montiño desdobló con gran interés aquel papel y le recorrió.

—Bien, muy bien—dijo—; diez principios con perniles, diez platos de volatería, otros tantos de pescados, ocho de caza mayor, surtido completo de entremeses, variedad de empanadas, de asados y de fritos, seis ensaladas, todas las frutas secas y frescas de la estación y abundancia de conservas y dulces de repostería; bien, muy bien, señor Gómez; ya veo que no hago aquí gran falta. ¿Y la cena, señor Gómez?

—Hela aquí—dijo el oficial sacando otra lista.

Recorrióla con suma avidez Montiño y con cierto disgusto, porque no halló nada que reprender, y esto, hasta cierto punto, ofendía su amor propio.