La joven cerró las puertas en cuanto entró en la sala Montiño.
A pesar de su turbación, Montiño notó que Dorotea estaba llorosa, muy pálida, y visiblemente enferma. Sobre una mesa había mucho dinero en oro.
—Tomad de aquí lo que necesitéis para una buena merienda para dos personas—dijo Dorotea.
Montiño, que iba resignado, contestó:
—¿Cómo queréis que sea esa merienda, señora?
—Como pudiera serlo para el rey.
—¿Con vinos y licores?
—Sí... sí... con vinos y licores.
—Pues bien, tomo diez doblones.
—Tomad lo que queráis.