—¡Adiós, señora, adiós!—dijo Montiño, y salió apresurado, porque le parecía que saliendo de allí, se libertaba del horrible compromiso en que se veía metido.
Pero al abrir la puerta se encontró delante al tío Manolillo.
Entre él y el bufón creyó el cocinero ver levantarse los dos palos rojos de la horca, y se decidió á hacer todo lo que quisiese con tal de no verse colgado de aquel patíbulo horrible.
La fatalidad arrastraba á Montiño.
—¿Estáis dispuesto?—le dijo el bufón.
—Sí; sí, señor; estoy dispuesto á todo.
—Pues vamos á donde sea necesario ir.
—Es necesario comprar cacerolas, vasijas, todo lo indispensable para preparar la vianda que quiere Dorotea.
—Vamos, pues.
No había pasado una hora, cuando Montiño, ayudado por el bufón, guisaba sin mandil y sin gorro, sin más oficial ni galopín que el tío Manolillo, en la cocina de una casa deshabitada.