—Pues bien, tomad todo ese dinero, tomad más si es necesario. Ahí deben quedar sesenta doblones. ¿Habrá bastante?
—Sí; sí, señora.
—Pues tomadlos.
El cocinero tomo maquinalmente el dinero y le guardó.
—Oíd: el veneno le pondréis en una sola confitura, pero en gran cantidad; por ejemplo, en una pera; cuidaréis que no haya otra; á esa pera la pondréis un lazo rojo y negro.
—¡Señora! ¡señora!
—Estáis demasiado turbado; voy á escribiros lo que debéis envenenar, con la señal que debéis ponerle, para que no podáis equivocaros.
Y la joven se puso á escribir con mano segura, pero llorando sobre el papel.
Cuando hubo acabado de escribir, entregó el papel á Montiño.
—Tomad, idos—le dijo—; á las ocho todo ha de estar dispuesto. ¿Lo entendéis?