—Bien, no lo hagáis; todo se reduce á que desde aquí mismo os lleve yo á la cárcel.
—Pues bien—dijo Montiño desesperado—, no soy yo el asesino, sino vos, vos que me obligáis á elegir entre mi vida y la de otro; yo juro á Dios...
—Acabad, que lugar tendréis de jurar después.
—Pues bien, sea—dijo el cocinero metiendo su mano derecha de una manera violenta y nerviosa en el bolsillo derecho de sus gregüescos—: que Dios tenga piedad de la criatura que va á morir.
Y sacó un papel ajado y le desenvolvió.
—¡Cuidado! ¡cuidado con lo que hacéis! no vaya á caer el tósigo en algún otro plato—dijo el bufón dando la confitura al cocinero y apartándole del bufete donde los otros platos estaban servidos—. Hacedlo aquí.
—Ni veo, ni sé lo que me hago—dijo el cocinero mirando con terror los polvos rojizos que contenía el papel.
—Pues ved de ver—dijo el bufón.
—¿Y cómo pongo yo esto en la pera?—dijo Montiño, cuya voz aterrada por el miedo, apenas se oía.
—Introducid el veneno con la punta de un cuchillo.