Montiño se dominó, tomó la pera, y con un cuchillo la hizo una hendedura. Luego, con una agonía infinita, llorando, rezando, estremeciéndose todo, tomó de aquellos polvos con la punta del cuchillo, é introdujo otra vez la punta en la hendedura. El bufón le hizo repetir esta operación tres veces consecutivas.
Una gran cantidad de los polvos había sido introducida en la pera.
—Ahora podéis ponerla ese lazo—dijo el tío Manolillo.
Montiño puso en la pera el lazo rojo y negro.
Tomó la pera el bufón, y colocándola sobre una hoja de parra contrahecha, para aislarla, la puso sobre las otras confituras.
—Ahora podéis descansar cuanto queráis—dijo el bufón.
—No; no, señor—dijo el cocinero mayor—; lo que yo quiero es irme de aquí; irme muy lejos de aquí, porque aquí tengo mucho miedo, porque me muero aquí; porque creo que se me va á caer encima esta maldita casa. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
Y se echó estrepitosamente á llorar.
El tío Manolillo cantaba entretanto entre dientes, y mientras acababa de arreglar la vajilla, una canción picaresca.
Pero había algo de horrible en el acento y en el canto del bufón.