—¿Dónde están mi capa, mi sombrero, mi espada y mi daga?—dijo Montiño, que buscaba por todos los rincones.
—¿Cómo, os empeñáis en iros?
—Os juro que no me quedo aquí si no me matáis.
—Es que yo tengo que salir y quisiera que no se quedara la casa abandonada.
—Es que si he de quedarme solo, no me quedo.
—Y bien mirado—dijo el tío Manolillo, como hablando consigo mismo—, ¿para qué quiero yo á éste aquí? ¿para que cometa alguna imprudencia? Vamos, vamos, Montiño, saldremos juntos. Afuera están vuestras prendas.
Y tomando una bujía salió de la cocina.
En la pieza inmediata encontró el cocinero mayor su capa, su sombrero y sus armas.
Púsoselos como pudo, y siguió al tío Manolillo, que no se había detenido.
Cuando estuvieron en el piso bajo, el bufón dejó la bujía en el patio, entró en el obscuro zaguán y abrió la puerta.