Inmediatamente fué introducido.
El padre Aliaga, sentado delante de su mesa, ceñudo y sombrío, pensaba más que leía sobre un libro.
Al ruido de los pasos del cocinero mayor, levantó la cabeza.
Al ver el aspecto de Montiño, su palidez singular, su temblor, y sobre todo, la extraña é insensata mirada de sus ojos, se estremeció instintivamente, porque al ver el aspecto del cocinero, había creído ver el presagio de una desgracia.
—¿Qué sucede?—dijo cerrando el libro y levantándose.
—Sucede, que va á suceder un horrible crimen, si no ha sucedido ya.
—¿Un crimen? ¿Y por qué no habéis ido á la justicia en vez de venir á mi?
—Porque... porque... yo no revelaré ese crimen sino bajo sigilo de confesión.
—¿Pero no decís que va á cometerse si no se ha cometido? Urge, pues, el impedirlo.
—Por lo mismo, seguidme, señor, seguidme, y por el camino os haré mi confesión.