—Vamos—dijo el padre Aliaga tomando su manteo y su sombrero y saliendo sin avisar á nadie, de su celda con Montiño.
Cuando el portero vió salir no menos que á su señoría ilustrísima el inquisidor general fray Luis de Aliaga, de noche, á tal hora y con tal prisa, y á pie con un hombre que había entrado en el convento trayendo órdenes del rey, no pudo menos de maravillarse y santiguarse porque aquello era verdaderamente extraordinario.
—Empezad, empezad, pues—dijo el padre Aliaga—, y sobre todo, sepamos á dónde me lleváis.
—A la calle de Don Pedro.
—Nos perderemos; está la noche muy obscura y nos hemos olvidado de tomar una linterna: esta calle está lejos. Volvamos al convento, y proveámonos de luz.
—No podemos perder un instante, señor; acaso ya no sea tiempo de impedir el crimen; es necesario ir de prisa. Asíos á mi brazo, que seguro estoy de no perderme; toda la calle de Atocha arriba, á la calle de la Magdalena, la de la Merced, la del Duque de Alba, la de Toledo, la plaza de la Cebada y la calle de Don Pedro; iría con los ojos vendados.
—Pues bien, vamos y apresurémonos—dijo el padre Aliaga recogiéndose con una mano los hábitos y asiéndose con otra del brazo de Montiño—; empezad, pues, os escucho—añadió el religioso.
—Advierto á vueseñoría que no le revelo nada sino bajo sigilo de confesión.
—Os prometo el sigilo por lo que respecta á vuestra persona, in verbo sacerdotis.
—¡Cómo!