—Bajo palabra de sacerdote.
Entonces, y con esta seguridad, Montiño se persignó y rezó apresuradamente la confesión general.
Después dijo:
—Hace dos horas envenené una confitura que ha de servir en una merienda.
Y apenas pronunciadas estas palabras, Montiño rompió á llorar.
El padre Aliaga se detuvo de repente, y oprimiendo el brazo de Montiño, hasta el punto de hacerle gritar de dolor y de miedo, y convirtiéndose de fraile en hombre, y en hombre enérgico y terrible, exclamó sacudiendo con furia al cocinero y con voz concentrada, espantosa:
—¡Miserable! ¡habéis envenenado un manjar que debe comer una criatura de Dios!
Montiño tembló de los pies á la cabeza, vaciló y cayó de rodillas sobre el suelo encharcado, murmurando:
—¡Ah! ¡Perdón! ¡perdón, señor!—exclamó—; me aterraron... el tío Manolillo...
—¡El tío Manolillo!... ¡el bufón del rey!—exclamó aumentando en severidad el padre Aliaga—. ¡Pero levantáos y seguid! ¡Sigamos, corriendo, volando, si pudiéramos! ¡Llevadme al lugar donde esa criatura va á morir, donde está muriendo acaso!