El cocinero, que hacía ya mucho tiempo no era otra cosa que una máquina que se movía á voluntad de la potencia que tenía al lado, se levantó y dió á correr, temblando, llorando y rezando, todo á un tiempo.

El padre Aliaga, levantándose los hábitos, asido del brazo de Montiño, corría también.

—¿Y quién es la persona á quien mata el tío Manolillo?—dijo el padre Aliaga.

—¡No lo sé, no lo sé!—contestó todo gemibundo y miedoso Montiño.

—¡Cómo! ¿No os ha dicho el tío Manolillo?...

—No, ni la Dorotea tampoco.

—¿Qué decís de la Dorotea?

—La Dorotea ha sido la que me ha mandado envenenar un dulce... guisar una merienda.

—¡La Dorotea!... ¡Dios mío! ¡Corred, corred, que la Dorotea quiere envenenar á una persona!... ¡Y no os ha dicho el nombre de esa persona!...

—No; no, señor.