—Si fuera por acaso don Juan Téllez Girón...
—¿Mi supuesto sobrino?
—Sí, sí; él ha pasado hasta ahora por sobrino vuestro... la Dorotea le ama... le ama con toda su alma...
—Sí; sí, señor.
—Y pudiera suceder también que no sea á don Juan á quien se quiera matar... sino á su mujer... doña Clara de Soldevilla...
—¡Dios mío!
—¡Corramos! ¡Corramos y callemos!, que las palabras nos fatigan y retrasan nuestra marcha.
Y siguieron corriendo sin hablar ya, sin escucharse más que de tiempo en tiempo alguna exclamación angustiosa del cocinero.
Y así, sin encontrar á nadie, bajo la lluvia, azotados por el viento, llegaron en muy poco tiempo á la calle de Don Pedro.
Pero al entrar en ella, oyeron dos voces irritadas, ruido de aceros que se chocaban, y á poco un grito de agonía, tras el cual no se volvió á oír el choque del acero.