—¡Oh! ¡qué soy yo para ti!—dijo la joven comprendiendo la mirada de Quevedo.
—Tú... ¿qué puedes ser tú, Catalina? Tú puedes ser y eres mi diablo amor.
—¡Oh! ¡y qué palabras!
—Creo que he nacido maldito, Catalina—continuó Quevedo.
—Tú quieres asustarme.
—No...—respondió Quevedo con voz vibrante—; las palabras que te digo, se me salen á borbotones del corazón. Escúchame, Catalina: tú eres la única mujer nacida para mí; tú... tú tienes todo lo que yo he soñado en la mujer... ya lo ves, te estoy hablando frío y desnudo como si hablara conmigo mismo. Oye, Catalina, yo necesito dominar, dominarlo todo, porque desprecio todo lo que me rodea, todo menos á ti, que eres mi mujer como yo tu hombre... ¿entiendes?... hay en mi algo rebelde, algo de Satanás... yo marcho, marcho y sigo marchando sin detenerme, la vista fija en un punto, la cabeza firme en un propósito... ¿por qué te me pones delante de ese propósito? ¿por qué me has obligado á huir, á ofenderte?
Quevedo miraba de hito en hito á doña Catalina, que de hito en hito le miraba también.
Entrambos estaban transfigurados, fuera de sus condiciones ordinarias.
El rostro, la mirada, la actitud de Quevedo eran terribles; no era el mismo hombre que doña Catalina conocía; hasta su lenguaje, aquel lenguaje artificial, tan usado por él, había desaparecido.
Y era que doña Catalina, verdad para él, le arrastraba con su influencia, le llevaba por el camino de la verdad.