—Creo que yo te puedo servir de algo, don Francisco— dijo la condesa dejando su asiento, dando vuelta á la mesa, rodeando con un brazo el cuello de Quevedo y asiendo una de sus manos.
—Ahora de mucho, de todo, Catalina mía—dijo Quevedo, rodeando la cintura de la condesa, que se estremeció.
—Cuenta conmigo.
—Cuidado con lo que ofreces—dijo Quevedo.
—Todo cuanto yo pueda es tuyo.
—¿La ambición de tu padre?...
—Sí...
—¿La vida de tu esposo?...
—Sí, y cien veces sí.
Pasó algo terrible, inmenso, doloroso, por el alma de Quevedo, esto es, por sus ojos.