—Sí, una corona de mirto y rosas purpúreas—dijo doña Catalina sonriendo—; una corona de amor.
Desconcertóse Quevedo; doña Catalina no tenía más ambición que su amor.
Si la ambición de doña Catalina hubiera sido otra, Quevedo hubiera tenido esperanzas de dominarla.
Para con doña Catalina no había otro dominio que el amor, y estaba escarmentada, recelosa.
—Dime, don Francisco—dijo doña Catalina sentándose sobre sus rodillas—: ¿es cierto que tú sueñas grandezas?...
—¿Yo?...
—¿Que, porque las sueñas, te sirves de la soberbia y de la locura del duque Osuna?
—El duque de Osuna es mi amigo.
—No; es tu criado.
—¡Catalina!