—¿No has pensado nunca en el reino de Nápoles?

Quevedo miró profundamente á la joven.

La joven sonreía de una manera singular.

—¡Rey!—dijo con acento hueco Quevedo—. ¿Y qué es ser rey?

—Ser esclavo de un favorito—dijo la condesa—; de modo que si el duque de Osuna, en vez de llamarse virrey, se llamase rey de Nápoles, lo que no sería otra cosa que un reino más perdido para el rey de España, el secretario del virrey sería secretario del rey... ¿y quién sabe?...

—El duque de Lerma ha nacido para equivocarse, y nada más que para equivocarse.

—¿Y qué tiene que ver mi padre?...

—Tú... no has sido tú quien ha pensado ese desvarío que me supones... lo has oído al duque de Lerma.

—Es que te he adivinado, don Francisco.

—¡Y bien, qué! ¿Si eso fuera cierto?...