—Entonces una mujer que ocupase un alto lugar en la corte de España, que supiese conspirar, que lo viese todo, que lo oyese todo y que te amase... sería tus pies y tu cabeza; podrías obrar aquí y allá... aprovechar las ocasiones propicias... ¿Crees tú que yo puedo ser esa mujer?

—Sí.

—¿Crees tú que yo soy capaz de sacrificarlo todo por ti?

—Lo creo.

-¿Crees tú que sería capaz de doblar mi orgullo hasta el punto de ser dama de la duquesa de Osuna, si la duquesa llegase á ser reina?

—Sí.

—Y entonces, ¿por qué quieres destrozarme el corazón, abandonándome?

—Es que yo no te abandono, me ausento.

—Tu ausencia es la muerte de mi esperanza. ¡Dicen que son tan hermosas las napolitanas! ¿No has dejado allí ningún amor, don Francisco?

—No he amado á nadie más que á ti; virgen del alma, me has tenido y no me has dejado alma para otra mujer.