—Pues bien; no nos separaremos.

—Es urgente, necesario, que yo salga de aquí esta noche. No sé lo que ha sido del hijo bastardo del duque de Osuna.

—Yo lo sabré.

—Lo que yo puedo hacer por él no puede hacerlo nadie.

—¿Es decir, que tienes empeño en salir de aquí?

—Lo necesito, lo arriesgo todo si paso algunas horas sin correr al auxilio de don Juan.

—Pues bien, primero soy yo que nadie; no saldrás.

—Te aborreceré.

—Aunque me aborrezcas; ¿qué me importa, si insistiendo en huir de aquí me pruebas que no me amas? para el hombre que ama, lo primero es la mujer de su amor.

Y doña Catalina se levantó irritada de sobre las rodillas de Quevedo.