—Bien merece ser desventurado, quien no es capaz de amar.
Quevedo se puso á pasear á lo largo de la cámara; la condesa se sentó en un sillón silenciosa y sombría, y quedó profundamente pensativa.
Pasó algún tiempo, durante el que ni ella ni él hablaron una sola palabra.
De improviso se detuvo Quevedo.
—Paréceme que se acerca alguien—dijo.
La condesa se puso sobresaltada de pie.
—Y bien, ¿qué me importa?—dijo dominándose y sentándose de nuevo—; sea quien quiera, nada me importa.
—Pues no—dijo Quevedo—; oye, se acercan... llaman.
La condesa volvió á ponerse de pie.
Llamaron por segunda y tercera vez con insistencia, y se oyó una voz de mujer que dijo recatadamente detrás de la puerta: