—A don Juan no puede salvarle nadie más que yo.
La condesa se irritó.
—Y bien—dijo—, tú me desprecias; á nada te avienes; quieres verte libre de mí... quieres burlarme; que se pierda, pues, don Juan; piérdete tú y piérdame yo en buen hora... todo me importa nada.
—Malhaya, amén, la primera mujer que vino al mundo para producir mujeres—exclamó perdida ya la paciencia Quevedo.
—Malditas sean—dijo la condesa—, si han nacido para ser tan desventuradas.
—Ello es necesario, señora, que yo salga de aquí—dijo Quevedo, acabando de perder completamente la paciencia.
—Por lo mismo que tú quieres salir, yo no quiero que salgas, y no saldrás.
—No me obliguéis á cometer una villanía.
—Será necesario que me mates, y nada me importa morir; ¿no te he dicho que estoy desesperada?
—Hasta en amor me persigue la desventura—dijo Quevedo.