—Me conviene. Os tengo cogida una palabra.
—Cógeme primero á mí, y sácame de este atollo.
—A eso vengo, y por vos esperaba. Allá va la punta de mi capa, que si yo me meto me atollo también y somos dos pájaros en vez de uno.
—Paréceme bien la idea y agárrome á ella—dijo Quevedo agarrándose á la punta de la capa que le había echado el matón.
Tiró éste, y crujiendo costuras, abriéndose telas, y con gran trabajo, logró verse al fin en firme Quevedo, pero con una arroba de tierra en cada pierna y perdidos los zapatos.
—Descalzádome has, condesa—dijo Quevedo—, pero fuego te dejo; agarrado por los pies me has tenido, pero no por la cabeza; libre me veo y de ti me escapo; no creía tanto; pero días pasan y días vienen, y tal vez llegue alguno en que vuelva á pedirte lo que de mí contigo se queda. ¿Y á dónde vamos en esta guisa?—añadió Quevedo.
—Al camino, donde en un ventorrillo tengo preparado para vos un caballo.
—¿Está muy lejos ese ventorrillo?
—Como un tiro de arcabuz.
—¿Sabes que, sin ofensa, no me fío de ti, Juara?