—Como gustéis.
—Pues en marcha—dijo Quevedo—, ya estoy listo.
—Esperad, esperad un momento á que yo esté listo también. Quiero daros resguardo, la noche es obscura y mala y no sabemos lo que os puede acontecer de aquí á Madrid, que hay media legua larga.
Y Juara entre tanto se ponía apresuradamente unas medias y unos zapatos que le había dado el ventero.
—Saca los caballos—dijo á este último Juara—, y toma un ducado.
El ventero tomó la moneda y sacó dos caballos.
Quevedo y Juara montaron y se encaminaron á Madrid.
—¡Oh! ¡y cómo arde la quinta!—dijo Juara—no entráis en parte donde no hagáis daño.
En efecto, la quinta del conde de Lemos era una hoguera.
—Oblíganme—dijo Quevedo—, malo me hacen culpas ajenas; la maldición me sigue; pero pica, Juara, pica, que me importa llegar á Madrid cuanto antes. Pero calla, que oigo los cuartos de un reloj da la villa que nos trae el viento.