Siguieron caminando en silencio.
Poco después estaban sobre el camino, y al cabo entraron en un ventorrillo.
—Ahora—dijo Juan—, lo que importa es que vuesa merced se mude de medias y se ponga zapatos.
—¿Y con qué, voto á Baco?—dijo Quevedo.
—Con mis zapatos y con mis medias.
—Paréceme bien—dijo Quevedo echándose fuera las calzas enlodadas—, pues digo que el enclavamiento fué donoso.
—A él debéis la vida, que si la tierra no está blanda, os estrelláis.
—¿Y tú qué vas á ponerte?
—Las medias y los zapatos del ventero.
—¡Ah! pues... sí... bien... y á Madrid á escape.