La joven le recibió con alegría.

—Pláceme—la dijo Quevedo—, encontraros tan bien entretenida...

—Sí; he llegado á cobrar miedo á la corte.

—Y habéis hecho bien en asustaros, porque Madrid es un almacén de peligros; ¿conque nos vamos?

—Sí por cierto; sólo necesitábamos saber de vos para marchar, pero esperábamos saberlo pronto, aunque no se os ha encontrado cuando se os ha buscado.

—Tened á milagro el verme, porque á punto he estado de perdido.

—¿Qué os ha pasado?

—Cosas que solo por mí pasan; preso me han tenido, pero suelto me veo.

—Don Juan también ha estado preso.

—Lo esperaba, lo temía; pero vos le habréis soltado.