—No por cierto; el rey no quiso oírme, ni la reina ha conseguido nada; pero al fin, cuando menos lo esperábamos, el rey ha llamado á su majestad y le ha dado el auto de libertad de mi esposo.

—¡El rey, que se había negado á oíros, y que había desoído á la reina, os ha dado por fin el auto de libertad de don Juan!

—Sí; él y vos habéis sido declarados libres.

—¡El y yo! ¿y no adivináis quién ha podido alcanzar esa gracia del rey?

—Indudablemente ha sido el duque de Lerma.

—¡El duque de Lerma!—dijo Quevedo frunciendo el entrecejo y poniéndose pálido—; el duque de Lerma no hace nada de balde.

Pero recobrando su expresión impenetrable, añadió:

—Sin duda el duque de Lerma, después de haber meditado, ha conocido que le conviene estar bien con don Juan y conmigo. Dios se lo pague á su excelencia, aunque por su conveniencia lo haya hecho. Y... don Juan, ¿dónde anda que junto á vos no le veo?

—Ha salido—dijo doña Clara fijando su mirada tranquila y profunda en Quevedo—; ha salido á las ocho sin decirme á dónde iba...

—¿Y no le habéis preguntado?