—Yo jamás pediré cuentas de nada á mi marido.
—Sois la perla de las mujeres. ¿Pero no ha indicado al menos?...
—Nada, y estoy con sumo cuidado: salió á las ocho, son las nueve y media, él no conoce á nadie en Madrid... como no sea á esa comedianta con quien tuvo amores... pero no hay que pensar en que... yo no quiero pensar en ello.
—Ni hay para qué—dijo Quevedo—; amores de un día han sido, ó por mejor decir, conocimiento de un día, y aun así conocimiento simple.
—Sin embargo... pudiera suceder... la comedianta no está en su casa.
—¡Cómo! ¿os habéis metido en averiguar?...
—Sí, don Francisco, sí... he tenido celos... los tengo... no hace ni más ni menos tiempo que me conoce á mí don Juan, que el que hace que conoce á esa mujer, y sin embargo, yo soy su esposa y le amo; ¿tendrá algo de extraño que esa mujer, que le ama también, sea su amante?
—¡Blasfemia! ¡suposición negra que sólo puede engendrar los celos, que con llamarse celos está dicho que son locos! vos no debíais haber llegado hasta el punto de informaros de lo que pasa en la casa de esa mujer.
—Tengo el presentimiento de que mi marido está con ella.
—¿Pero no sabéis nada de cierto?