—Entrad y os convenceréis—le dijo—: si queréis esperar á la señora, esperadla.
—Dejadme, sin embargo, subir, hija.
—Subid enhorabuena.
Quevedo subió, y con su audacia acostumbrada, lo registró todo, hasta la alcoba.
—Pues es verdad—dijo.
—¡Qué! ¿había creído vuesa merced que le engañábamos?—dijo Casilda.
—Todo pudiera ser. Pero veamos si me decís también ahora la verdad.
—Veamos—dijo Casilda.
—¿Dónde está tu señora?
—No lo sé.