—¿Cómo que no lo sabes?
—Ha venido por ella el bufón del rey y se la ha llevado en una silla de manos.
—Tú sabes dónde está tu señora—dijo Quevedo encarándose de repente á Pedro.
—¡Yo!
—Sí, tú: te estás rascando una oreja.
—Porque me pica.
—No, sino como diciendo para ti: si yo quisiera podría decir dónde está mi señora.
—No; no, señor, yo no lo sé.
—¿A dónde has ido con un recado de tu señora?—dijo á bulto Quevedo, pero con un acento tal de seguridad y una mirada tan profunda, tan dominadora, que Pedro se turbó.
—¡Pero don Francisco!...—dijo Casilda.