Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua lluvia, detenía á doña Clara, el bufón la asía por la cintura, y levantándola como una pluma, á pesar del enorme peso de buena moza de la joven, la ponía al otro lado del arroyo.
Luego él y ella seguían su rápida marcha.
En pocos minutos habían atravesado el barranco de Segovia, y subiendo las pendientes callejas que están al otro lado, llegaron á las vistillas de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro.
De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de amenaza, viniendo de la dirección opuesta á la que llevaban el tío Manolillo y doña Clara:
—¡Alto allá! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos.
El bufón se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedió.
—¡Quevedo!—exclamó doña Clara.
Y por instinto, en vez de retroceder, avanzó hasta el bulto informe, del cual al parecer había salido la voz.
—¡Doña Clara!—exclamó Quevedo—, ¿con quién venís?
—Con el tío Manolillo.