—A mis espaldas, á mis espaldas, señora—exclamó Quevedo poniéndose rápidamente delante de doña Clara, terciándose la capa y echando al mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada.
—¡Ah! ¡ah!—dijo soltando una horrible carcajada el bufón—; ¿conque habré de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habéis puesto por medio?
Y acometió hierro en mano á Quevedo.
—Hacéos, hacéos á la pared, doña Clara—dijo Quevedo parando los primeros golpes del tío Manolillo—; las habemos con un gato garduño, tan ágil de pies como yo quisiera serlo; así, contra esa puerta, ahora no hay miedo. Tío Manolillo, idos, y no me obliguéis á despacharos; ya veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero más yo... no me fatiguéis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate.
El bufón no hablaba una sola palabra; acometía en silencio, y de tiempo en tiempo salían de su pecho rugidos poderosos, sordos; hálitos abrasadores, con los que parecía querer comunicar á su acero la fuerza de su rabia.
—Ved que me canso, tío—repitió Quevedo.
El tío Manolillo redobló su ataque.
—¡Ah!—dijo Quevedo—; ¿conque os empeñáis, hermano? pues señor, descansemos.
Y dejó caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufón, que apenas recibido cayó el tío Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de debajo de los pies.
Lo primero que hizo Quevedo fué volver la punta de su espada al suelo, apoyarse en su pomo y descansar; el combate había sido corto, pero reñidísimo, duro, formidable; Quevedo se había visto obligado á resistir los golpes tirados por el puño de hierro del bufón, y sudaba, estaba jadeante.