Pero en el mismo punto en que se había apoyado en su espada se irguió y se preparó.
Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban á la carrera.
—¿Quién va?—dijo Quevedo.
—El cocinero de su majestad—contestó una voz angustiosa.
—¿Y quién más?—repitió Quevedo.
—Fray Luis de Aliaga—contestó otra voz.
—¡Ah, bien venido seáis! He aquí, doña Clara, que Dios nos envía amigos.
Pero doña Clara no contestó.
Helósele la sangre á Quevedo.
Temió que, replegado á la pared contra la puerta de una casa, teniendo inmediatamente pegada á sí á las espaldas para protegerla de todo ataque de costado á doña Clara, no la hubiese alcanzado algún golpe del bufón.