—¡Una luz, una luz! exclamó Quevedo—. ¿No traéis con vosotros una luz para ver lo que ha acontecido á doña Clara?

—¡Cómo! ¿Está doña Clara con vos?—dijo el padre Aliaga.

—La trajo, no sé para qué, el tío Manolillo; he reñido con él, le he tendido; pero no sé si habrá alcanzado algún golpe á doña Clara.

—¡Oh, qué de crímenes, qué de desgracias!—exclamó el padre Aliaga—. Pero socorrámosla; ¿dónde está?

—Vamos—dijo Quevedo, que entre tanto había corrido al socorro de doña Clara—; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene á las mil maravillas; quedáos vos aquí, padre Aliaga, y esperadnos.

—¿A dónde vais?

—A llevar á doña Clara á una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos, Montiño.

—Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie.

—Os ayudaremos los dos y es más breve—dijo el padre Aliaga.

Y entre los tres cargaron con doña Clara, que estaba sin sentido.