Dorotea tenía una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tenía el lazo rojo y negro.

Hubo un momento en que se estremeció de pies á cabeza y cerró los ojos.

Luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separó de la mesa á la que parecía retenida por una influencia fatal.

—Don Juan estará esperando—dijo al bufón.

—¡Oh! ¡no piensas más que en él!—dijo el tío Manolillo sin detenerse en su paseo.

—Sí, sí, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por él.

—¿Y luego?... porque supongo que querrás que él entre solo.

—Sí, sí, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aquí á obscuras; que no pueda ver la desnudez de esta casa; además, esa obscuridad tendrá para él algo de misterioso, y esta habitación le parecerá mejor. Luego, Manuel, necesito que nadie me escuche; ¿lo entendéis?

—Nadie te escuchará, hija mía—dijo dolorosamente el bufón.

—Luego, así que haya entrado don Juan, vos saldréis de la casa, dejaréis la llave debajo de la puerta y os retiraréis.