—¿Y quién ha de acompañarte cuando hayas concluído?
—El.
—¡El!
—Sí, él.
—¡Pero entonces ese veneno!
—No me preguntéis, por Dios, más. Prometedme hacer lo que os he dicho.
—Lo haré; pero no te comprendo.
—Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentéis más.
—Una sola palabra. ¿Quieres que traiga aquí á doña Clara?
—No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad á doña Clara en paz.