EN LO QUE VINIERON Á PARAR LOS AMORES DE DOROTEA Y DON JUAN
Don Juan se asombró al ver el lugar donde le esperaba Dorotea.
Porque aquel salón, dispuesto como se encontraba, era completamente bello y fuertemente voluptuoso.
Dorotea estaba indolentemente reclinada en un sillón junto á la copa, en la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume.
Don Juan había ido allí vivamente excitado por el recuerdo de lo que había pasado entre Dorotea y él aquella mañana en la prisión.
A pesar de su amor á doña Clara, Dorotea era un astro bellísimo, que poniéndose entre los dos esposos, producía un eclipse de amor.
Don Juan no veía entonces más que á Dorotea.
Se acercó á ella, y al verla de cerca, sintió una conmoción poderosa, tembló, se deslumbró.
Dorotea le miraba, le sonreía, y le mostraba una hermosísima mano.
De una manera irreflexiva, dominado por la situación, por la magia poderosa que se desprendía de Dorotea, por aquella voluptuosidad concentrada, por decirlo así, don Juan cayó de rodillas, y asió la mano de Dorotea y quiso llevarla á sus labios.