Pero Dorotea la retiró.
—Perdonad, señor mío—le dijo sonriendo—; pero me hacéis mucho daño, y no tengo valor para que me lastiméis de nuevo; aún siento el dolor horrible del cruel beso que me dísteis esta mañana. Tratadme, pues, con caridad; sentáos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para no volverse á ver.
—¡Ah, Dorotea! ¿estáis irritada conmigo?
—Irritada no; estoy lastimada y nada más. Pero sentáos.
Don Juan puso el otro sillón que estaba junto á la mesa muy cerca de Dorotea, y se sentó.
Dorotea retiró su sillón.
Don Juan dijo para sí:
—Dejémosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara.
Entrambos guardaron por un momento silencio.
Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce, á don Juan; le transmitía su alma entera, y con su alma todos los embriagadores sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le transmitiera también su vida, Dorotea se ponía más pálida, se espiritualizaba más y más, se hacía irresistible.