—La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que vendía sus favores—dijo—; respetadme, don Juan, respetad en mí lo más noble que Dios ha dado á sus criaturas: el amor y la pureza del alma.

Don Juan se retiró, no confundido, sino enojado.

Dorotea, pensativa y triste, guardó silencio.

—Dorotea—dijo al fin don Juan—, ¿queréis que hablemos seriamente?

—¿Pues qué, don Juan, creéis que yo me chanceo?

—Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo á la situación en que estamos colocados.

—Hablemos.

—¿No hay un medio de unirnos?

—Ninguno.

—¿Ni aun de que vivamos como dos hermanos?